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MEDIO ORIENTE — El estrecho de Ormuz, un paso estratégico por el que transita cerca del 20 % del petróleo mundial, volvió a convertirse en el epicentro de la tensión geopolítica. Este sábado 17 de octubre, dos petroleros se incendiaron tras chocar con minas navales mientras intentaban atravesar la ruta sin autorización de Teherán, según informaron medios estatales iraníes. El incidente reavivó el temor a una crisis energética global y puso nuevamente a prueba la seguridad marítima en una de las zonas más sensibles del planeta.

En paralelo, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbás Araqchí, aseguró que el tráfico en Ormuz podría reanudarse en un plazo de siete días si Estados Unidos acepta una propuesta presentada a través de Catar. El mensaje combina firmeza y diplomacia: Irán reivindica su control sobre el tránsito marítimo, pero al mismo tiempo ofrece una salida negociada para evitar una escalada militar.

La comunidad internacional sigue el desarrollo de los hechos con alta preocupación. Mientras Washington acusa a Teherán de utilizar el estrecho como herramienta de presión chantajista, Irán insiste en que su soberanía debe ser respetada y que cualquier tránsito no autorizado constituye una violación grave. Los mercados energéticos reaccionaron de inmediato: el precio del crudo aumentó más de un 4 % en cuestión de horas, reflejando la inquietud ante un posible bloqueo prolongado.

El estrecho de Ormuz vuelve a ser el escenario de un pulso estratégico entre Irán y Estados Unidos. La combinación de ataques, minas navales y propuestas diplomáticas configura un escenario donde la energía, la seguridad y la política internacional se entrelazan. El desenlace dependerá de si la vía negociada logra imponerse sobre el riesgo de una confrontación abierta.

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