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El recrudecimiento de la violencia y la inestabilidad en Oriente Medio ha vuelto a sacudir los cimientos de la economía global. Aunque los titulares de la prensa internacional se concentran en las implicaciones geopolíticas entre las grandes potencias, los efectos colaterales de este conflicto se sienten con especial virulencia en los países del Sur Global. Para las economías en desarrollo, el shock energético derivado de la crisis no es solo un indicador financiero en verde o rojo: es una amenaza directa a la supervivencia alimentaria, la estabilidad monetaria y la paz social.
- El efecto dominó: Volatilidad de precios e inflación desbocada: La interrupción o amenaza constante a los flujos marítimos clave —como el estrecho de Ormuz o el mar Rojo— ha disparado los costos de transporte marítimo y las primas de seguro para los buques cisterna. A diferencia de las naciones desarrolladas, que cuentan con reservas estratégicas de petróleo y margen fiscal para amortiguar los golpes, las economías de ingresos medios y bajos deben importar combustibles a precios de mercado sumamente volátiles. Esto se traduce de inmediato en un incremento en los precios del transporte público, la generación de electricidad y los bienes básicos.
- La encrucijada de los subsidios e insumos agrícolas: Los gobiernos de Asia del Sur, África Subsahariana y América Latina se encuentran atrapados en un dilema presupuestario insostenible:
- Asfixia presupuestaria: Si mantienen subsidios a los combustibles para proteger a sus ciudadanos, agotan rápidamente sus divisas internacionales y se arriesgan al default financiero.
- Impacto en la agricultura: La crisis energética encarece de forma paralela la producción de fertilizantes sintéticos (que dependen de insumos derivados del gas natural), encareciendo la producción local de alimentos y elevando los índices de desnutrición.
- Endeudamiento y estancamiento de la transición energética: El aumento generalizado en los precios de la energía obliga a los bancos centrales de los países en desarrollo a subir las tasas de interés para contener la inflación, estrangulando el crédito y el crecimiento interno. Además, esta urgencia financiera desvía fondos vitales destinados a la infraestructura de energía renovable, condenando a estas naciones a depender de combustibles fósiles caros e importados y alejándolas de sus metas de descarbonización.