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América Latina — Durante décadas, las grandes potencias industriales encontraron en el Sudeste Asiático y China la válvula de escape perfecta para deshacerse de toneladas de desechos contaminantes. Sin embargo, el cierre de fronteras en Asia para la importación de basura plástica provocó un efecto dominó global. Hoy, las rutas marítimas del desecho han cambiado de rumbo, y América Latina se ha consolidado como el nuevo receptor masivo de la basura plástica internacional.
Bajo la fachada de materia prima para reciclaje y «comercio circular», toneladas de plástico de un solo uso, poliestireno y PVC arriban cada mes a los puertos de la región, procedentes principalmente de países desarrollados como Estados Unidos.
La ilusión del reciclaje frente a la realidad local
Aunque el discurso corporativo promociona el envío de estos materiales como un paso hacia la sostenibilidad, la realidad en el territorio latinoamericano revela serias deficiencias:
• Capacidad desbordada: La mayoría de los países de la región apenas logran procesar e ir a la par con sus propios residuos internos.
• Bajos índices de aprovechamiento: En el continente, la tasa de reciclaje efectivo no supera del 5 % al 6 % del total producido e importado.
• Acumulación insostenible: Los plásticos de difícil recuperación o bajo valor comercial terminan colapsando los vertederos locales, contaminando ecosistemas frágiles o alimentando la quema informal.
El llamado a la responsabilidad extendida
Frente a este panorama, expertos y comunidades locales exigen medidas urgentes. Adherirse firmemente a tratados internacionales sobre movimientos transfronterizos de residuos —como las enmiendas del Convenio de Basilea— e implementar leyes de responsabilidad extendida del productor resultan pasos indispensables.
Sin políticas que frenen el flujo irrestricto de desperdicios, América Latina corre el riesgo de hipotecar la salud de sus suelos, ríos y océanos a cambio de gestionar la basura que el resto del mundo no quiere procesar.

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