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En las extensiones más inhóspitas del desierto de Atacama, en Chile, donde la radiación solar es extrema y las precipitaciones son prácticamente inexistentes, una científica colombiana lidera investigaciones pioneras para responder a uno de los mayores desafíos del siglo XXI: ¿cómo garantizar la producción de alimentos ante la acelerada desertificación del planeta?

Un laboratorio natural a más de 3.000 metros de altura El desierto de Atacama no es solo el lugar más seco y antiguo del mundo, sino también una «mina de oro genética». A pesar de las condiciones hostiles, diversas especies vegetales de la región han logrado prosperar adaptándose metabólica y genéticamente a lo largo de millones de años.

La investigadora analiza la flora nativa y los microorganismos del suelo (extremófilos) para identificar las estrategias de resiliencia hídrica que les permiten sobrevivir sin agua durante años.

«La naturaleza ya resolvió el problema de la sequía hace milenios; nuestra labor es descifrar su código genético para aplicarlo a los cultivos que alimentan al mundo».

Claves del estudio y aplicaciones agrícolas El trabajo de campo y de biotecnología molecular se centra en tres pilares fundamentales:

Impacto global ante la crisis climática Con el aumento de las temperaturas globales y la alteración de los patrones de lluvia, la agricultura tradicional enfrenta riesgos sin precedentes. Los hallazgos de esta investigación representan una esperanza concreta para las zonas agrícolas vulnerables de América Latina y el mundo, transformando la biodiversidad extrema en soluciones biotecnológicas para la seguridad alimentaria del futuro.

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