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El Canal de Panamá es una de las obras de ingeniería moderna más importantes del comercio global, pues conecta los océanos Atlántico y Pacífico. A diferencia de otros pasos marítimos a nivel del mar como el Canal de Suez, la vía panameña funciona mediante un complejo sistema de «ascensores de agua» conocido como esclusas. Sin embargo, la dependencia de este mecanismo respecto al agua dulce lo vuelve sumamente vulnerable ante eventos climáticos extremos como el fenómeno de El Niño.

El trayecto de un buque a través del istmo no es directo ni plano. La cordillera central de Panamá exige que las embarcaciones asciendan 26 metros sobre el nivel del mar hasta alcanzar el lago Gatún, para luego descender hacia el otro océano:

LA PARADOJA DEL AGUA DULCE Y EL IMPACTO DE EL NIÑO

El talón de Aquiles de este coloso hidráulico es su consumo de agua dulce: cada barco que transita por el canal requiere aproximadamente 200 millones de litros de agua dulce, la cual es vertida directamente al mar al finalizar el ciclo de llenado y vaciado de las esclusas.

Cuando El Niño altera los patrones de lluvia en Centroamérica, el nivel del lago Gatún cae a mínimos críticos. Como el mismo lago abastece de agua potable a más de la mitad de la población panameña, la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) prioriza el consumo humano e implementa medidas de restricción al tráfico marítimo. La reducción de tránsitos genera atascos de decenas de embarcaciones en ambos extremos del canal, lo que dispara los costos de transporte y los tiempos de entrega internacionales.

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