AMÉRICA LATINA — En una región marcada por el desencanto social hacia la clase política tradicional y el colapso de los partidos históricos, ha comenzado a gestarse un fenómeno paradójico. Lejos de apostar por rostros ajenos a las estructuras establecidas, millones de votantes en América Latina han respaldado en las urnas a una nueva generación de líderes cuyos apellidos marcaron la historia reciente de sus países.
Denominados en el debate público como los «nepobabies» de la política, estos dirigentes —hijos, nietos o herederos directos de exmandatarios, magnates e íconos revolucionarios— están asumiendo las riendas del poder.
UN MAPA DOMINADO POR LA HERENCIA POLÍTICA
El ascenso simultáneo de estas figuras a lo largo y ancho del continente refleja una tendencia estructural en la que el capital familiar suplanta la debilidad de las organizaciones partidarias:
- Daniel Noboa (Ecuador): Hijo del magnate bananero y repetido candidato presidencial Álvaro Noboa, construyó un perfil técnico y joven para consolidar su proyecto de gobierno.
- Bernardo Arévalo (Guatemala): Asumió la jefatura de Estado reivindicando el legado de su padre, Juan José Arévalo, figura emblemática del reformismo democrático guatemalteco.
- Luis Abinader (República Dominicana): Empresario e hijo del destacado político y empresario José Rafael Abinader.
- Rodrigo Paz (Bolivia): Hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, consolidando la presencia de las familias tradicionales en el escenario boliviano.
- Keiko Fujimori (Perú): Mantiene un rol protagónico en la política de su país, vinculada de forma indisoluble al legado y la memoria de su padre, Alberto Fujimori.
¿ACTIVO ELECTORAL O ATADURA IDEOLÓGICA?
Analistas internacionales señalan que el apellido en política funciona como un arma de doble filo: genera activos inmediatos en términos de alto nivel de conocimiento, red de contactos y acceso a financiación, pero también carga con los pasivos y cuestionamientos éticos o de gestión acumulados por sus antecesores.
Esta reactivación de las dinastías políticas se produce en un contexto de polarización ideológica y atomización del electorado. Frente a campañas electorales hiperpersonalizadas, centradas en las redes sociales y la construcción de marca personal, el apellido heredado se convierte en el atajo publicitario más directo para captar la atención del votante desinteresado. El principal reto para esta nueva hornada de gobernantes será demostrar que su proyecto de país obedece a un liderazgo propio y a soluciones efectivas para las crisis socioeconómicas de la región, superando la sombra de nepotismo y favoritismo que acompaña a sus dinastías familiares.