La metáfora de si «la cura fue peor que la enfermedad» resume con precisión el debate sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Tras años de implementación y consolidación del acuerdo comercial (TCA), la evidencia empírica de organismos como el Office for Budget Responsibility (OBR), el Banco de Inglaterra y diversos centros de análisis económicos internacionales sugiere que los costes estructurales de la desconexión han superado con creces las ventajas prometidas.
La «enfermedad»: los males que el Brexit prometía remediar
Para los defensores de la salida, el Reino Unido padecía condicionantes políticos y normativos que frenaban su potencial:
- Pérdida de soberanía: La subordinación de las leyes británicas a los tribunales y directivas de Bruselas.
- Control fronterizo y migración: La imposibilidad de regular la inmigración procedente de la UE debido a la libre circulación de personas.
- Costes presupuestarios: La contribución neta británica al presupuesto de la Unión Europea.
- Atadura comercial: La incapacidad de negociar tratados de libre comercio independientes con potencias emergentes sin la mediación del bloque comunitario.
La «cura»: los efectos reales acumulados en la economía británica
El balance tras la salida revela que la solución aplicada generó fricciones estructurales permanentes:
- Fricción comercial e inversión estancada:
La salida del mercado único y la unión aduanera reintrodujo controles administrativos, reglas de origen y costes de flete. Estudios de impacto económico estiman que el PIB británico es entre un 6 % y un 8 % menor de lo que habría sido de haber permanecido en la UE, mientras que la inversión empresarial ha caído cerca de un 18 % respecto a economías comparables.
- Escasez de mano de obra e inflación:
La interrupción de la libre circulación afectó a sectores clave como la agricultura, la hostelería, la construcción y la logística. La falta de personal impulsó los costes salariales operativos y generó interrupciones en la cadena de suministro, contribuyendo a que la inflación en el Reino Unido resultara más persistente que en otros países del G7.
Para la mayoría de los economistas e historiadores del comercio, la «cura» resultó ser un tratamiento drástico que introdujo fricciones artificiales a una de las economías más abiertas del mundo. Si bien el Reino Unido recuperó competencias legislativas directas, el coste en términos de crecimiento, inversión y nivel de vida indica que la intervención agravó los problemas de fondo que pretendía resolver.